martes, 27 de mayo de 2014

El origen de la vanidad

Tras tres meses en la absoluta miseria, hoy he trabajado dos horas. El empleo ha consistido en destruir papeles. La empresa que me ha contratado no disponía del aparato para destruir papeles y ha concluido que mis aptitudes, sin duda alguna, se ajustaban al perfil requerido. El manager -así se ha presentado el imbécil- me ha sentado en una silla, ha puesto un montón de papeles sobre la mesa y me ha dicho: destruye estos papeles. Estoy muy deprimido. Como ya sabía qué clase de trabajo me esperaba, he tenido la precaución de llevar conmigo un opúsculo de Marvin Harris titulado Jefes, cabecillas y abusones. Una lectura amena y acorde con mi posición: el último eslabón; y acorde con mis aspiraciones imposibles: ser un humanista completo. Media hora después de haber empezado mi trabajo ha llegado el manager y ha dicho que los papeles estaban mal destruidos. Tienes que cortarlos en pedazos más pequeños, lo que has hecho no sirve para nada, está mal, podemos ir todos a la cárcel, ha dicho, incluso tú, por no destruir bien estos papeles, a la cárcel. Luego ha hecho una demostración de qué clase destrucción de papeles deseaba y se ha marchado. He quedado solo y tumefacto, y he empezado a leer el opúsculo. ¿Siempre han existido los jefes? ¿Desde el principio de los tiempos han existido los jefes? No.

Creo que existe una inclinación general en todo el género humano, un perpetuo y desazonador deseo del poder por el poder, que sólo cesa con la muerte. Cuando he leído estas palabras de Hobbes he pensado: tiene razón. Pero no la tiene y estamos todos muy equivocados creyendo que la tiene (porque creo que todos habéis pensado lo mismo: tiene razón. Pues no la tiene). 

Una de las formas originales de intercambio en las sociedades prehistóricas era la conocida por el nombre de intercambio recíproco. Este modelo ha podido ser investigado por los antropólogos en algunas comunidades tribales, como los Semais de Malasia central o los Kung (o bosquímanos) del norte del desierto del Kalahari. Tres rasgos fundamentales de este modelo:

- Sólo se da en comunidades muy pequeñas (entre 50 y 150 miembros).
    -Sólo se da en comunidades que carecen de excedentes.
    - Carece de jefes que ostenten algún tipo de poder sobre los demás miembros.


Lo que un miembro de la comunidad recolecta o caza lo entrega a la comunidad, sin excepciones. Un día cazan y recolectan unos, otro día lo hacen otros. Un detalle importante es el siguiente: nadie da las gracias nunca. Esta es una regla de este modelo: allí donde la reciprocidad prevalece realmente en la vida cotidiana, la generosidad debe darse por sentada. En este contexto dar las gracias resulta ofensivo, pues se da a entender que se ha calculado el valor de lo recibido y, además, que no se esperaba del donante tanta generosidad. (hay que pensar en este dato y cotejarlo con lo que ocurre hoy en día). El asunto de la ausencia de excedentes se explica de la siguiente manera, en boca de un bosquímano: Cuando un hombre joven sacrifica mucha carne, puede llegar a creerse un gran jefe o un gran hombre, y se imagina al resto de nosotros como servidores o inferiores suyos. No podemos aceptarlo, rechazamos al que alardea pues su orgullo le llevará a matar a alguien algún día. Por esto siempre decimos que su carne no vale nada. De esta manera atemperamos su corazón y hacemos de él un hombre pacífico.

En este tipo de comunidades existe, sin embargo, una forma de liderazgo político: los cabecillas. Sin embargo, estos cabecillas carecen de poder y no pueden ordenar nada a nadie. Los Kung tienen diversos líderes reconocidos (o cabecillas). Éstos pueden identificarse porque toman la palabra con mayor frecuencia y porque se los escucha con atención. Son hombres respetados. Pero en ningún caso tienen autoridad sobre los demás. Los cabecillas alcanzan este estatus cuando se ganan el respeto de los demás (siendo mejores cazadores y recolectores pero, sobre todo, cediendo su parte de alimento cuando éste escasea o procurando no tener para sí la mejor parte: siendo altruistas y obteniendo como única recompensa tan sólo el ser más respetados). Así que el cabecilla es la figura más prestigiosa -sin poder- de un grupo en el que todos son iguales. 

El problema surge, exclusivamente, con la cuestión de los excedentes. La adopción de la ganadería y la agricultura transforman por completo el sistema económico de las comunidades. Parece ser que cuando se dispuso de más alimentos de los necesarios, el excedente se entregó a los cabecillas, en quienes se confiaba, para que éstos lo redistribuyeran entre los miembros de la propia comunidad. Esto supone un cambio de modelo: del intercambio recíproco al intercambio redistributivo. Las comunidades recolectoras y cazadoras no lo adoptaron porque dichos excedentes eran tan sólo estacionales y, por lo tanto, puntuales. En cambio, en comunidades, situadas en regiones más fértiles y prolíficas, que desarrollaron la agricultura y la ganadería, los excedentes se hicieron habituales. Inicialmente, los cabecillas que hemos descrito en el párrafo anterior, de acuerdo con su papel original, procuraron trabajar más duro que sus compañeros, dieron a los demás con mayor generosidad y se reservaron para sí mismos las raciones más modestas. Puesto que carecían de poder, la compensación que recibían se reducía al prestigio que les otorgaba su conducta. 

¡El excedente fue el origen del problema! Con el excedente organizaba festines para los demás y eso incrementaba la admiración de la comunidad. Pero, si ofrecer la comida sobrante incrementaba el prestigio, ¿por qué no iban a hacerlo los demás? ¿Por qué no iban a intentar unos cabecillas ofrecer mejores banquetes que otros? El modelo de redistribución supone el fundamento de la vanidad: los cabecillas empiezan a competir entre sí para dar los mejores festines y, por lo tanto, para obtener el mayor prestigio. 

Este estadio de la cultura, basado en el modelo económico de la redistribución, puede observarse en los Siuais de las Islas Salomón. Allí los cabecillas son conocidos como mumi. Su prestigio depende, precisamente, de la mayor cantidad de excedente que redistribuyen y ofrecen. Por otra parte, también de acuerdo con lo dicho, compiten entre sí por ser el mumi más prestigioso. Estos cabecillas son capaces de no comer nada con tal de que los demás coman más y estén satisfechos. 

Como se observa, hay una diferencia fundamental entre el modelo de intercambio recíproco y el modelo de intercambio redistributivo. En el primer modelo no se dan las gracias nunca porque no hace falta y porque no hay excedentes con los que alguien pueda obtener prestigio sin abnegación. En el segundo modelo se tiene un excedente de comida que no es indispensable, porque las necesidades básicas ya están cubiertas, que se aprovecha y determina los primeros síntomas de diferenciación de facto entre los miembros de una misma comunidad. Probablemente ocurrió lo siguiente: los que distribuían ese excedente -entregado en confianza por los demás miembros- empezaron a basar su prestigio, no en la abnegación -en el quedarse ellos sin nada-, sino en la simple entrega, sin sacrificio, de algo que ya no necesitaban: el excedente; un excedente que con el tiempo dejarían de distribuir. Así nació la vanidad, nació la envidia y nacieron las diferencias. O sencillamente se hicieron palpables. Y luego todo lo demás. Esta es la trampa en la que nos metimos.

Y mañana es mi último día como destructor de papeles, último eslabón de la gran empresa a la que me ha sido concedido pertenecer. 

Víctor Bacells Matas

Artículo publicado en el nº3 de la revista NADA

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