
Creo
que existe una inclinación general en todo el género humano, un
perpetuo y desazonador deseo del poder por el poder, que sólo cesa
con la muerte.
Cuando he leído estas palabras de Hobbes he pensado: tiene razón.
Pero no la tiene y estamos todos muy equivocados creyendo que la
tiene (porque creo que todos habéis pensado lo mismo: tiene razón.
Pues no la tiene).
Una
de las formas originales de intercambio en las sociedades
prehistóricas era la conocida por el nombre de intercambio
recíproco.
Este modelo ha podido ser investigado por los antropólogos en
algunas comunidades tribales, como los Semais de Malasia central o
los Kung (o bosquímanos) del norte del desierto del Kalahari. Tres
rasgos fundamentales de este modelo:
-
Sólo se da en comunidades muy pequeñas (entre 50 y 150 miembros).
-Sólo
se da en comunidades que carecen de excedentes.
- Carece de jefes que ostenten algún tipo de poder sobre los demás miembros.
- Carece de jefes que ostenten algún tipo de poder sobre los demás miembros.
Lo
que un miembro de la comunidad recolecta o caza lo entrega a la
comunidad, sin excepciones. Un día cazan y recolectan unos, otro día
lo hacen otros. Un detalle importante es el siguiente: nadie da las
gracias nunca. Esta es una regla de este modelo: allí donde la
reciprocidad prevalece realmente en la vida cotidiana, la generosidad
debe darse por sentada. En este contexto dar las gracias
resulta ofensivo, pues se da a entender que se ha calculado el valor
de lo recibido y, además, que no se esperaba del donante tanta
generosidad. (hay que pensar en este dato y cotejarlo con lo que
ocurre hoy en día). El asunto de la ausencia de excedentes se
explica de la siguiente manera, en boca de un bosquímano: Cuando
un hombre joven sacrifica mucha carne, puede llegar a creerse un gran
jefe o un gran hombre, y se imagina al resto de nosotros como
servidores o inferiores suyos. No podemos aceptarlo, rechazamos al
que alardea pues su orgullo le llevará a matar a alguien algún día.
Por esto siempre decimos que su carne no vale nada. De esta manera
atemperamos su corazón y hacemos de él un hombre pacífico.
En
este tipo de comunidades existe, sin embargo, una forma de liderazgo
político: los cabecillas. Sin embargo, estos cabecillas carecen de
poder y no pueden ordenar nada a nadie. Los Kung tienen diversos
líderes reconocidos (o cabecillas). Éstos pueden identificarse
porque toman la palabra con mayor frecuencia y porque se los escucha
con atención. Son hombres respetados. Pero en ningún caso tienen
autoridad sobre los demás. Los cabecillas alcanzan este estatus
cuando se ganan el respeto de los demás (siendo mejores cazadores y
recolectores pero, sobre todo, cediendo su parte de
alimento cuando éste escasea o procurando no tener para sí la mejor
parte: siendo altruistas y obteniendo como única recompensa tan sólo
el ser más respetados). Así que el cabecilla es la figura más
prestigiosa -sin poder- de un grupo en el que todos son iguales.
El
problema surge, exclusivamente, con la cuestión de los excedentes.
La adopción de la ganadería y la agricultura transforman por
completo el sistema económico de las comunidades. Parece ser que
cuando se dispuso de más alimentos de los necesarios, el excedente
se entregó a los cabecillas, en quienes se confiaba, para que éstos
lo redistribuyeran entre los miembros de la propia comunidad. Esto
supone un cambio de modelo: del intercambio
recíproco al intercambio redistributivo. Las
comunidades recolectoras y cazadoras no lo adoptaron porque dichos
excedentes eran tan sólo estacionales y, por lo tanto, puntuales. En
cambio, en comunidades, situadas en regiones más fértiles y
prolíficas, que desarrollaron la agricultura y la ganadería, los
excedentes se hicieron habituales. Inicialmente, los cabecillas que
hemos descrito en el párrafo anterior, de acuerdo con su papel
original, procuraron trabajar más duro que sus compañeros,
dieron a los demás con mayor generosidad y se reservaron para sí
mismos las raciones más modestas. Puesto que carecían de poder,
la compensación que recibían se reducía al prestigio que
les otorgaba su conducta.
¡El
excedente fue el origen del problema! Con el excedente
organizaba festines para los demás y eso incrementaba la admiración
de la comunidad. Pero, si ofrecer la comida sobrante incrementaba el
prestigio, ¿por qué no iban a hacerlo los demás? ¿Por qué no
iban a intentar unos cabecillas ofrecer mejores banquetes que otros?
El modelo de redistribución supone el fundamento de la vanidad: los
cabecillas empiezan a competir entre sí para dar los mejores
festines y, por lo tanto, para obtener el mayor prestigio.
Este
estadio de la cultura, basado en el modelo económico de la
redistribución, puede observarse en los Siuais de las Islas Salomón.
Allí los cabecillas son conocidos como mumi. Su
prestigio depende, precisamente, de la mayor cantidad de excedente
que redistribuyen y ofrecen. Por otra parte, también de acuerdo con
lo dicho, compiten entre sí por ser el mumi más
prestigioso. Estos cabecillas son capaces de no comer nada con tal de
que los demás coman más y estén satisfechos.
Como
se observa, hay una diferencia fundamental entre el modelo
de intercambio recíproco y el modelo de intercambio
redistributivo. En el primer modelo no se dan las gracias nunca
porque no hace falta y porque no hay excedentes con los que alguien
pueda obtener prestigio sin abnegación. En el segundo modelo se
tiene un excedente de comida que no es indispensable, porque las
necesidades básicas ya están cubiertas, que se aprovecha y
determina los primeros síntomas de diferenciación de
facto entre los miembros de una misma comunidad.
Probablemente ocurrió lo siguiente: los que distribuían ese
excedente -entregado en confianza por los demás miembros- empezaron
a basar su prestigio, no en la abnegación -en el quedarse ellos sin
nada-, sino en la simple entrega, sin sacrificio, de algo que ya no
necesitaban: el excedente; un excedente que con el tiempo dejarían
de distribuir. Así nació la vanidad, nació la envidia y nacieron
las diferencias. O sencillamente se hicieron palpables. Y luego todo
lo demás. Esta es la trampa en la que nos metimos.
Y
mañana es mi último día como destructor de papeles, último
eslabón de la gran empresa a la que me ha
sido concedido pertenecer.
Víctor Bacells Matas
Artículo publicado en el nº3 de la revista NADA
Genial, o no. Pero Genial.